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Últimamente mi madre se deleita con torturarme a mediodía (y cuando digo a mediodía, digo cuando como; somos muy poco rigurosos los españoles con ese tema).
El caso es que, ya venga de buen o de mal humor del instituto, cuando me encuentro con esos programas de televisión horribles en los que se banalizan todas las noticias del día (el Óscar de Penélope Cruz se convierte en el vestido que llevaba, por ejemplo) y tan sólo se habla de cosas superficiales e inútiles, me cambia el chip. Por lo visto, la gente debe de encontrar un placer enorme en verlos, porque los hay por todos lados y con todos los formatos posibles: unos con forma de teleinformativo, otros con forma de teletertulia, otros con forma de teleburdel. Los días que tengo más buenos y me siento más animado, comento cada una de las noticias que salen en este tipo de programas, generalmente poniendo verdes a los pseudoperiodistas que las elaboran o a los personajes que aparecen en ellas. Los días que tengo peores y estoy más pesimista (o más cansado, tal y como me pasaba hoy), simplemente miro mi plato resignado tratando de ignorar esas tremendas barbaridades.
Una vez mi profesor de filosofía hizo una comparación buenísima: a los romanos (los del Imperio) les gustaba ir al Coliseo, y ver tripas, y sangre. En la actualidad, también nos gusta ver tripas, pero metafóricamente. Seguir leyendo Los Miserables »
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