Mi afición perdida - 709 visitas
El artículo de hoy va dedicado a mi afición perdida: el baloncesto. Ahí estoy yo, con cara de furia irrefrenable y unas gafas ridículas luchando el balón con un maromo de aproximadamente mis mismas dimensiones. Fue precisamente al encontrar estas fotos perdidas en mi ordenador cuando me puse a recordar, y me invadió la nostalgia.
Nunca me ha gustado ver baloncesto; ni en televisión, ni en directo, por paradójico que pueda parecer. No se trata de que me enfadara o me levantara dolor de cabeza; simplemente no me llamaba la atención. Tantos años jugando a este deporte no consiguieron despertar ningún interés por ver a otros jugar… Lo cual no impedía que a mí me entusiasmara.
Los comienzos fueron duros, y se alargaron demasiado. En realidad, era tan malo que siempre tuve la sensación de que iba a años del resto de mis compañeros. Nunca pude superar mi lesión de rodilla, que me estuvo dando por el culo durante seis años de mi vida y de la que siempre recaía en los mejores momentos. Dicha lesión me convertía en el peor saltador de toda la liga…
Hay algo incluso peor que todo esto (que ya es bastante), y es que tardé años en encajar en mi equipo (creo que de hecho nunca encajé); de hecho durante esos comienzos tan largos fui algo así como la mascota (cómo duele la verdad…). Pero todas estas cosas (y tal vez otras) jamás consiguieron que el baloncesto dejara de encantarme, pues había una diferencia fundamental entre yo y todos los demás, incluido el rubiales de la foto: yo me dejaba los cojones cada segundo de cada partido.
Mis largos comienzos acabaron cuando empecé a tomar conciencia de mí mismo. Y ese proceso se plasmó en que, cada entrenamiento, yo era el que siempre iba primero en las primeras vueltas que dábamos a la pista, el que nunca tenía flato porque no se ponía a charlotear con el vecino, el que hacía los sprints cuando el entrenador lo exigía, el que nunca iba andando de un ejercicio a otro, y el que acababa con diferencia más cansado de todos. Esto, por supuesto, no me convertía ni mucho menos en el mejor del equipo (ojalá), pero siempre tuve la conciencia tranquila de que lo había dado todo en esa sesión.
Y el sábado, el día del partido, no era el que más minutos jugaba, pero puedo asegurar (y mucha gente también) que yo era el primero que llegaba a la canasta, el primero que volvía a defender y el que más cojones le echaba al partido de todo mi equipo. Lo que mis compañeros lograban con una buena dosis de habilidad, yo lo compensaba con una buena dosis de mala hostia.
Porque, amigos míos, y esta es mi parte favorita, cuando digo que me dejaba los huevos no estoy exagerando. Cuando saltaba al campo aún no estaba del todo activado, pero cuando alguien me metía un empujón sigiloso, o cuando fallaba una canasta, o cuando tenía que defender a alguien más gordo que yo, entonces me cambiaba el chip. Arriba y abajo y arriba otra vez, detrás de las gafas que necesitaba para ver toda la grada podía ver perfectamente mi expresión. Las más de las veces, para vergüenza mía en bastantes casos, me descubría gritando de rabia y dando un puñetazo en el banquillo; otras apretaba los dientes y guardaba fuerzas para correr más rápido, mientras sentía que estaba empapado de sudor.
Mientras escribo este artículo, siento una impotencia total a la hora de describir ese torrente de furia que me invadía en los partidos; una vez más, mi pobre lenguaje no sirve más que para acariciar lo que quisiera decir.
Muy pocas veces acabé un partido realmente satisfecho: me hacía sentir como una basura fallar a mis compañeros de equipo, por poco que me aportaran en el terreno personal. Y esto ha sido lo realmente frustrante para mí: sentir que, a pesar de todo el esfuerzo que hice para mejorar, nunca llegué al nivel que me habría gustado alcanzar. Pensar en esto ahora me hace sentirme triste de nuevo.
Las cosas empezaron a torcerse en mi último año, cuando a mi entrenador pasaron a importarle tan sólo los resultados y mi equipo empezó a considerar que los estudios eran algo secundario. Los anteriores fueron años dulces sin embargo: invictos en Madrid, campeones de la Comunidad de Madrid…
Ahora todo eso forma parte de mis recuerdos agridulces; esos recuerdos que llaman a la puerta en los momentos en los que estás feliz y en los momentos en los que estás cansado… “Ojalá hubiera sido mejor jugador”, pienso a veces, “para que así fueran unos dulces recuerdos, y no agridulces”. Esta es la historia de un jugador de baloncesto frustrado.
Muchísimas gracias por llegar hasta el final. Espero que te haya gustado: yo lo he dado todo para escribirlo.
¿Te ha gustado esta entrada?
¡Suscríbete al Feed RSS o, si lo prefieres, suscríbete por correo para leer más como esta! También puedes valorar esta entrada más arriba, dejar tu comentario personal o enviar un trackback. ¡Muchas gracias!












Hola Juanlu:
Acabo de leer tus reflexiones sobre tu época como jugador del CBM Moratalaz. Como yo he asistido desde el comienzo a tu andadura como jugador, tanto en los entrenamientos como en los partidos, tengo que decirte lo siguiente:
-Efectivamente, en tus inicios y como le ocurre a todos los “bigardos”, tu coordinación de movimientos, era cuanto menos “peculiar”, pero desde el inicio, tu capacidad de superación, extraordinaria, de manera que los últimos años, me parecías irreconocible, para bien.
-Aunque desde tu modestia habitual, sigues manteniendo que eras peor jugador que el resto, quiero recordarte, que por ejemplo, en la final del campeonato por el que subisteis a Primera preferente, contra el Torrejón, en Torrejón, las 2 primeras canastas en juego fueros tuyas y que al final hiciste figuras dobles: 12 puntos y más de 10 rebotes; ésto ocurrió en bastantes partidos.
-Que desde el punto vista defensivo, el mejor pivot del equipo contrario, en muchas ocasiones, de mayor envergadura, era anulado por tí de manera habitual y amigo mío,¡ los partidos se empiezan a ganar desde la defensa!
-Que al inicio de las temporadas, casi siempre empezabas como reserva, para en pocos partidos hacerte con el papel de titular.
-Que yo estaba en la grada y escuchaba los comentarios del resto de padres:” muy bien Juanlu! ¡Si el resto de jugadores le echasen los mismos bemoles, otro gallo cantaría!. Yo estaba allí cuando el inefable Juan te echaba el brazo por el hombro y te felicitaba efusivamente por tu entrega y acierto y después me felicitaban a mí el resto de padres.
-Que efectivamente, la rodilla te jugó malas pasadas, pero tú nuncas buscaste excusas en la misma.
-Que yo estuve en Navacerrada, cuando ganasteis invictos el campeonato de la Comunidad de Madrid por el que os invitaron a jugar en Sevilla contra una selección de Andalucía, en la que jugaba un chico ruso de más de 2 metros, al que el único que lo paraba eras tú.
-Yo he estado allí siempre y eras mucho mejor jugador de lo que tú siempre has creido…
-Finalmente, sólo espero que en tu vida le eches los mismos bemoles que en el baloncesto y ¡el partido y la última canasta será tuya!
Ummm…
Ahora que lo dices, a mi me pasaba más de lo mismo. Es más, he de decir que mi último año casi nos pegamos la mitad del equipo con la ptra mitdad…
Pero bueno, yo también era el que se mataba a correr y a cabrearse consigo mismo por no meter canastas (en el entrenamiento T_T). Pero he de reconocer que lo hecho de menos, y que estaría dispuesto a volver, pero si lo hiciera he de decir que tendría que ser para no faltar nunca, que ya somos muy mayores y si se forma un equipo es para no dejarlo de lado. Pero como se que tengo que estudiar mucho aqui estoy, delante del ordenador jugando al WoW, que lo puedo dejar cuando quiera sin faltarle a nadie jeje.
Decir que pienso exactamente como tu, salvo que coincido con JCCB (por cierto, ¿es tu padre?), que muy manta no devias ser, que estabas en el equipo federado, yo yo en el peor de mi categoría, a si que no te martirices o te pego un capon de pescadero jeje.